Cada año, cuando el frío empieza a calar y las luces comienzan a poblar las calles, llega ese momento casi ritual en el que los anuncios de Navidad invaden nuestras pantallas.
Y no lo hacen como simples campañas publicitarias, sino como pequeñas historias capaces de evocarnos recuerdos, despertar emociones y transportarnos directamente al espíritu navideño. A través de melodías reconocibles, personajes entrañables y narrativas cargadas de nostalgia, estos anuncios han conseguido lo que muy pocas piezas publicitarias logran: convertirse en tradición.
Por eso, en este artículo desde Importa Comunicación, agencia de marketing digital y comunicación en Valencia, analizamos cómo algunas campañas se han transformado en auténticos hitos, por qué siguen resonando década tras década y de qué manera la publicidad navideña ha evolucionado sin perder su magia.
Comprender su trayectoria es también entender cómo ha cambiado nuestra forma de consumir contenidos, de relacionarnos con las marcas y de vivir la Navidad.
Si hay algo que define a la publicidad navideña es su capacidad para conectar con lo más humano. La Navidad nos coloca en un estado emocional diferente, estamos más abiertos a los mensajes que apelan al hogar, a la familia, a los recuerdos y al deseo de compartir.
Las marcas han entendido que esta sensibilidad especial convierte diciembre en un terreno fértil para construir campañas que no buscan vender de manera directa, sino generar un clima emocional que envuelva al espectador.
El secreto reside en el insight, ese motor emocional que sostiene cualquier campaña eficaz. Durante esta época, los insights suelen girar en torno a valores universales como el hogar, la ilusión, los reencuentros o la magia de lo cotidiano.
Por eso, un anuncio de apenas 30 segundos puede transportarnos a la infancia, a una tradición familiar, a momentos que creíamos olvidados o incluso a algún olor concreto.
La Navidad, además, permite que la publicidad juegue con una licencia narrativa única en el año. Historias más cinematográficas, más íntimas, más fantásticas… todo encaja. ¿En qué otro momento sería natural ver reencuentros milagrosos, personajes mágicos o giros emotivos que parecen de película?
La audiencia no solo lo permite, lo espera. Y cada diciembre, esos anuncios que regresan funcionan como marcadores culturales. Cuando aparecen, sentimos que la Navidad, oficialmente, ha comenzado.
- Personajes que se convierten en símbolos
- El storytelling como motor emocional
- La arquitectura invisible de la música y los jingles
Aunque cada anuncio navideño tiene su estilo, aquellos que realmente dejan huella comparten tres elementos que actúan como su ADN emocional: los personajes, la música y el storytelling.
Pero lejos de ser fórmulas cerradas, cada campaña los reinventa para adaptarse a nuevas sensibilidades, nuevas generaciones y nuevos formatos.
La magia está precisamente en cómo se reinterpretan estos pilares para crear algo que se sienta auténtico, actual y, sobre todo, memorable.
Personajes que se convierten en símbolos
Los personajes no son simples representantes de la historia, son el puente emocional entre la marca y el espectador.
Los anuncios más efectivos no necesitan figuras extraordinarias, a veces solo basta con mostrar personajes que encarnen una emoción concreta, como la ilusión silenciosa de un niño, la torpeza amable de un abuelo que intenta adaptarse a los tiempos o incluso el gesto generoso de un desconocido.
También funcionan muy bien los personajes simbólicos, que no hablan, pero expresan mucho:
- Un animal que acompaña discretamente el viaje del protagonista
- Un objeto que cobra carácter a través de cómo es manipulado
- Un personaje secundario que observa sin intervenir pero que representa al espectador dentro de la historia
Lo importante, al final, no es quiénes son, sino cómo nos hacen sentir. Un buen personaje navideño no necesita frases memorables, necesita transmitir una emoción reconocible.
El storytelling como motor emocional
En Navidad, la historia es el corazón del anuncio. Pero ojo, porque las mejores campañas no recurren a grandes giros narrativos ni a milagros imposibles.
Su fuerza está en convertir lo ordinario en lo extraordinario, simplemente poniendo el foco en los detalles correctos.
Un buen storytelling navideño puede nacer de:
- Una rutina que cambia sutilmente en diciembre
- Un pequeño malentendido que acaba uniendo más que separando
- Un gesto cotidiano resignado por el contexto
- Un encuentro inesperado que no pretende ser épico, pero sí humano
La clave está en mostrar, no en decir. La Navidad se presta a relatos en los que el espectador completa la historia mentalmente, basta con una mirada, un silencio o una pausa.
Cuando la historia permite que cada persona proyecte sus propias emociones, el anuncio se vuelve universal.
La arquitectura invisible de la música y los jingles
La música de un anuncio navideño no es un simple acompañamiento, es la encargada de llevar al espectador al clima emocional adecuado incluso antes de que la historia haya comenzado.
A veces lo hace con una melodía íntima al piano, otras con un coro discreto o con un arreglo que parece casi susurrado. Y hay ocasiones en las que la música desaparece y es el silencio, bien utilizado, el que amplifica la emoción.
Además de las melodías, también podemos encontrar en sonidos cotidianos la construcción de una atmósfera:
- El crujir de un fuego encendido.
- El golpe suave de una bandeja sobre la mesa.
- Los pasos en una calle fría.
- El murmullo de voces en un mercado.
Cada uno aporta textura emocional y orienta al espectador sin que este se dé cuenta.
Pero si hay algo verdaderamente poderoso en Navidad, son los jingles. Esas melodías cortas y pegadizas que activan una emoción inmediata.
Hay sonidos que no necesitan presentación porque forman parte del paisaje sonoro de estas fechas. ¿Quién no recuerda el ‘Na Na Na Na Na” de Raphael?

Estamos convencidas de que solo con ver la imagen sabes exactamente de qué anuncio hablamos y qué está cantando en ese frame Raphael.
Eso es la fuerza de la música en los anuncios de Navidad. No remite únicamente a un spot concreto, sino a un estado emocional compartido. Porque buen jingle no acompaña, se convierte en memoria.
- Coca-Cola y el fenómeno “Holidays Are Coming”
- El Almendro y la emoción del hogar
- El Corte Inglés y las historias que construyen la Navidad moderna
- Las muñecas de Famosa
- Freixenet y la estética del brindis navideño
- “Hola, soy Edu. ¡Feliz Navidad!”: el viral antes de los virales
- Ferrero Rocher para iluminar pueblos
- La Lotería de Navidad y el anuncio que nos une a todos
Si algo demuestra la historia de la publicidad navideña es que hay campañas capaces de trascender su propio formato.
No se quedan en simples anuncios de Navidad, se convierten en tradiciones, en recuerdos compartidos, en marcadores culturales que avisan, casi como un semáforo emocional, de que la época navideña está a punto de empezar.
A continuación analizamos cómo algunas campañas consiguieron marcar un antes y un después:
Coca-Cola y el fenómeno “Holidays Are Coming”
Si la Navidad tuviera un botón de encendido, probablemente sería este anuncio. En 1995, Coca-Cola decidió que no era suficiente con haber rediseñado al mismísimo Santa Claus también quería ser la encargada de anunciar oficialmente la llegada de la Navidad.
¿Y qué mejor manera que con una caravana de camiones rojos iluminados hasta el último tornillo?
“Holidays Are Coming” es uno de esos anuncios que, aunque lo hayas visto un millón de veces, te sigue generando esa sensación de “vale, ahora sí: empieza la Navidad”.
La música es tan reconocible que podrías tararearla sin esfuerzo, y la imagen de los camiones atravesando paisajes nevados se ha vuelto casi tan icónica como el propio árbol de Navidad.
Coca-Cola entendió antes que nadie que la Navidad no se vende, se enciende. Y desde entonces, cada vez que los camiones aparecen en pantalla, millones de personas sienten una especie de cosquilleo emocional. Llamémoslo marketing, llamémoslo magia… el resultado es el mismo.
El Almendro y la emoción del hogar
Si Coca-Cola enciende la Navidad, El Almendro la abraza. Desde los años 80, este anuncio ha convertido un simple turrón en un símbolo made in Spain del reencuentro emocional.
Su jingle, probablemente uno de los más reconocibles de nuestro país, activa en el cerebro español el “modo nostalgia” de forma automática.
La fórmula es sencilla, pero infalible: música emotiva, escenas de aeropuerto, abrazos que parecen sacados de una película de sobremesa y ese mensaje universal que todos entendemos, volver a casa.
Da igual que vivas a quince minutos o en la otra punta del mundo, El Almendro te hará sentir que cualquier distancia se convierte en épica.
Durante años, este anuncio ha conseguido que un producto tan pequeño como un turrón transporte a millones de personas a un recuerdo concreto, cálido, muy suyo. Y eso, en marketing, es oro puro (o mazapán premium, según se mire).
Por su lado, El Corte Inglés tiene el talento especial de reinventar su campaña navideña cada año sin perder ni un ápice de coherencia emocional.
Su publicidad es como ese familiar que aparece en todas las cenas que siempre cambia un poco, siempre trae algo nuevo, pero sigue siendo reconocible al instante.
Un ejemplo brillante es la campaña “Mi padre es un elfo”, donde un niño está convencido de que su padre trabaja secretamente para la fábrica de regalos del mismísimo Papá Noel.
Con humor, ternura y un punto de fantasía, la marca captura a la perfección esa Navidad vista desde la imaginación infantil, donde todo es posible y cada adulto guarda un secreto mágico.
De esta manera, El Corte Inglés no vende solo compras navideñas, vende experiencias, ese entusiasmo por decorar la casa, ese ritual de preparar los regalos y esa ilusión que se contagia incluso a quienes prometen cada año que “este año no me pillará el toro…”.
Aunque, spoiler: siempre nos pilla.
Las Muñecas de Famosa
Si hay un anuncio que ha sobrevivido a décadas, modas y generaciones, es el de las Muñecas de Famosa. Desde los años 70 nos acompaña su famoso estribillo: “Las muñecas de Famosa se dirigen al portal…”. Una frase que, si la escuchas sin contexto en pleno julio, te produce una mezcla de estrés y ganas de montar el Belén.
La magia de este anuncio está en su inocencia. Muñecas animadas que caminan hacia el portal, una melodía sencilla y una estética tan artesanal que, hoy, resulta entrañablemente retro. Es el tipo de anuncio que hace que los adultos sonrían recordando su infancia.
Es tradición navideña pura y dura. Y como toda buena tradición, no necesita cambiar demasiado.
Freixenet decidió que la Navidad necesitaba un toque de glamour, brillo y sofisticación… y así nacieron las famosas “burbujas”. Estas bailarinas vestidas de dorado se convirtieron durante años en el símbolo oficial del brindis navideño.
Los anuncios de Freixenet eran un pequeño espectáculo de música elegante, coreografías cuidadas y, en muchas ocasiones, la participación de celebrities que hacían aún más especial el momento.
Era la versión festiva y chic de la Navidad televisiva, como si el propio cava hubiera decidido presentarse en televisión para celebrar por todo lo alto el final del año.
Mientras otras marcas apostaban por la emoción o la nostalgia, Freixenet apostó por la fiesta. Y lo hizo tan bien que hoy resulta difícil imaginar el brindis de Nochebuena sin un pequeño destello dorado en la memoria.
En 1997, Airtel creó un anuncio que rompió todos los esquemas: un niño con un teléfono móvil nuevo llamando a medio mundo para felicitar la Navidad.
“Hola, soy Edu. ¡Feliz Navidad!” se convirtió en el saludo oficial del país durante años. Para muchos españoles de aquella época, no existía diciembre sin repetir la frase al menos tres veces al día.
Lo increíble es que esta campaña logró ser viral antes de que existiera el término “viral”. Sin redes sociales, sin hashtags, sin memes… solo un niño adorable, mucha espontaneidad y un mensaje tan pegadizo como inofensivo. Era imposible no repetirlo.
Airtel no vendió solo móviles. Vendió cercanía, humor, naturalidad. Y un estribillo que quedó grabado en la historia de la publicidad española.
Ferrero Rocher para iluminar pueblos
Ferrero Rocher ha construido un territorio visual propio dentro de la Navidad basado en elegancia, luz y celebración. Su estética dorada, presentes en los bombones, las luces y la fotografía, funciona como metáfora del brillo emocional de diciembre.
En sus campañas recientes, la marca dio un giro especialmente poderoso con la iniciativa de iluminar pueblos de España cada Navidad, convirtiendo el anuncio en un ejercicio de identidad colectiva. La emoción no nace del producto, sino del orgullo, unión y participación que despierta en las personas.
Al iluminar un lugar real, Ferrero Rocher eleva su narrativa de lo íntimo a lo comunitario. Y consigue que muchas personas vivan el anuncio como su propia historia.
Es un ejemplo perfecto de cómo un producto puede convertirse en símbolo emocional sin perder su esencia.
No obstante, si hay un anuncio que consigue emocionar a toda España cada año, es el de la Lotería de Navidad. Es el equivalente publicitario del alumbrado oficial de las ciudades. Cuando sale el anuncio, ya puedes sacar el árbol sin miedo al juicio vecinal.
Y entre todas sus versiones, destaca un protagonista que siempre será leyenda, el Calvo de la Lotería. Con su aura mágica, su gesto delicado al repartir purpurina y su mirada amable, este personaje consiguió transmitir esperanza sin pronunciar una sola palabra.
Fue uno de los iconos más poderosos de la publicidad española, protagonista de campañas que parecían pequeños cuentos navideños.
En los últimos años, los anuncios han evolucionado hacia relatos más humanos y realistas: vecinos que comparten un décimo, personas generosas en silencio, historias de amistad o solidaridad. Cada campaña está pensada para recordarnos que “El mayor premio es compartirlo”.
Y aunque el Gordo no toque, al menos el anuncio te regala una lagrimita (o dos). Y esperanza. Siempre.
Tras recordar los anuncios de Navidad más míticos, aquellos que crecieron en la era de la televisión, resulta casi inevitable preguntarse cómo habrían evolucionado si hubieran nacido en el mundo actual.
Porque hoy la Navidad ya no se vive solo frente al televisor, se vive en redes sociales. Y este cambio lo ha transformado todo. Los anuncios ya no solo emocionan, se comentan, se versionan, se citan, se convierten en memes o en retos virales.
Si antes un spot terminaba cuando acababa su metraje, ahora comienza verdaderamente cuando llega a Instagram, TikTok o X. Las marcas ya no lanzan campañas para ser vistas, sino para ser compartidas, reinterpretadas y continuar vivas más allá de su formato original.
En este nuevo escenario, la expectación forma parte del propio anuncio. Un simple fotograma, una frase filtrada o un fragmento de música basta para encender la conversación semanas antes del estreno.
La comunidad construye teorías, compara con ediciones anteriores y convierte lo que antes era un estreno puntual en un pequeño acontecimiento anual.
Y cuando finalmente llegan los anuncios de Navidad, no aterriza en silencio, lo recibe un público preparado para reaccionar. La audiencia ya no es espectadora, es cocreadora. Parodian escenas, recrean finales alternativos, graban sus propias versiones, debaten cada giro emocional y amplifican los mensajes hasta rincones a los que la televisión nunca llegaría sola.
Lo más interesante es que, pese a esta revolución digital, el propósito de la publicidad navideña sigue siendo el mismo que el de aquellos anuncios que marcaron época, conectar emocionalmente.
La diferencia es que ahora esa emoción no se queda dentro del anuncio, sino que se expande en comunidad. Por lo que las redes sociales no han sustituido la magia de la Navidad, la han multiplicado.
En resumen…
La Navidad no es solo una época bonita para anunciarse, es una oportunidad para fortalecer el vínculo con clientes, recordar el propósito de marca y proyectar valores que perduren mucho más allá del 25 de diciembre.
Y, al final, la pregunta clave para cualquier empresa no es cómo hacer los anuncios de Navidad más bonitos, sino cómo construir una campaña que realmente signifique algo para su audiencia.
Porque las marcas que dejan huella no son las que hablan de sí mismas, sino las que logran formar parte de las historias de sus consumidores.
¡Y hasta aquí nuestro viaje por el universo de los anuncios de Navidad! Si este artículo te ha inspirado, si te ha despertado ideas o si estás pensando en cómo preparar tu próxima campaña, navideña o no, estaremos encantados de ayudarte a dar forma a una estrategia que conecte, emocione y funcione.
¿Creamos juntos tu próxima historia?






